La continuidad -¿de qué? de todo, de nada, a ver si va a importarnos ahora un asunto tan nimio- es lo que Bartleby se cuestiona. ¿Deberíamos seguir leyendo tras Bartleby el escribiente? Preferiría no hacerlo. Mas la respuesta es en sí misma confusa, de distracción. Se parece bastante a la contestación de un niño, algo atravesado sin duda, que sabe que, pese a todo, al final, acabará comiéndose la sopa fría y yéndose a la cama a acostarse sin el beso reconfortante de todas las noches de mamá, como ya le ocurriera una vez al jovencito Proust, y hay que ver la que se lió por su culpa.




