La vieja tragedia como arte pone en escena ciertos desgarramientos irreparables de esa ilusión de todos los días (la misma entonces y ahora), en ese tejido sinneóntico, envoltura de la existencia, que llamamos habitus/fluxus: excisiones irresolubles entre la rutina y la ilusión, la necesidad y la fortuna (anaké/tikhé), los dioses y el hombre, el ethos y su dáimon, la razón y las pasiones, la realidad y el deseo, la objetividad y el delirio, el destino personal y el colectivo, la templanza y la hybris y/ o las leyes de la sangre y las de la ciudad.

Los cuerpos trágicos lo eran y lo son, tanto en la tragedia clásica como, por cierto, ahora mismo, solo y exclusivamente por su resistencia a ser completamente edificados, domesticados, di-sueltos y re-sueltos en términos de cualquier unilateral Verdad religiosa, metafísica, psicológica y/o política. Las representaciones trágicas en honor de Dionisos eran, justamente, la promesa y garantía de esa irreductibilidad. Y era el arte, entonces, siempre y ahora, quien custodiaba, simultáneamente, esa máxima cercanía a la verdad de los hombres y la perezosa, eterna, demora de su cumplimiento. Para la tragedia clásica, como para la experiencia cotidiana de la mayoría de los hombres, la verdad politeísta y abismal de los deseos humanos (esa verdad que crea burbujas en cuyo ámbito nos envolvemos efímeramente con amantes, amores, amigos y complices) mantiene a raya, todavía la obscenidad (metafísica) de un único deseo edípico de Verdad considerado en nuestra época como la verdad del Deseo.
El arte es siempre anterior al pensamiento ya que es aquello que crea el lugar mismo que permite pensar y que el pensamiento termina clausurando y enseñoreando. De ahí también que el lugar del pensamiento sea aquello que el pensamiento no sólo no puede pensar, sino que por ello mismo mismo, tiene que negar tachar y borrar.
LUIS CASTRO NOGUEIRA. Tecnos 2008. Extracto del libro ¿QUIEN TEME A LA NATURALEZA HUMANA? en Arte Terapias y Metafísica (para XOSÉ LOIS GUTIÉRREZ)