Quehacer. Perder el tiempo por ganar tiempo. Andar ocupado.

Así es como lo no esencial, lo no dotado de interés en sí mismo, lo no artístico, pues, si se quiere ver así, conforme la historia del arte lo remarca hasta el punto insoportable de la insolencia. Frente al largo viaje, repleto de múltiples haceres, de Ulises ocupando páginas y páginas, las cuales solo han servido para hacerles perder el tiempo a infinidad de generaciones de estudiantes y aprendices de literatos (en cualquier caso, buen aprendizaje este de aprender a perder el tiempo cuando lo que se busca es aprender, al tiempo, a vivir del cuento) el quehacer constante y aburrido (¿seguro?) Hay que ver cómo libera la imaginación lo maquinal, lo que sólo se lleva entre manos de Penélope. O por qué no, la constancia con que Cezanne pinta un día y otro día la montaña de Saint Victorie.






Cuando Alvar Aalto en su análisis pictórico de La Anunciación de Fray Angélico nos habla del acceso a una habitación, reconoce la esencia verbal de la experiencia arquitectónica cuya autenticidad se basa en el lenguaje tectónico (pictórico) del edificio.





Hibridando poéticas y continentes el fantasma de Lenz recorre el mundo desde hace casi doscientos años, haciendo posible que soñemos la casa que aún no tenemos y que pensando en Larrea bien pudiera empezar en el Perú cobrizo del rostro de Vallejo, puerta que inevitablemente abre la casa del fantasma. Casa nuestra. Casa de Alvaro Siza. El elemento principal de la casa es el tejado y después la chimenea. Dentro somos independientes o casi. Estamos protegidos de la ciudad y del mundo entero. Los que pueden utilizan tranquilamente Internet.
De la casa y lo doméstico, tan integrados ambos en nuestra propia identidad personal, a la ciudad que nos permite estructurar rememorar y comprender el flujo informe de la realidad, la misión intemporal de la arquitectura es la de crear metáforas de existencia corpórea que concreten y estructuren la presencia del hombre en el mundo. La materialización de la arquitectura nos sitúa en el continuum de la cultura. Toda experiencia de mundo implica clasificación, memorización y comparación para poder entender la ciudad como metáfora cambiante, siempre mostrando en la consciencia de su precariedad la posibilidad de una interpretación que desde el ejercicio del poder privilegia unos relatos sobre otros. Desde la experiencia subjetiva a circunstancias histórico-políticas más complejas, la memoria desempeña un papel esencial como base para la rememoración de un espacio, por esa razón en las experiencias arquitéctonicas memorables, el espacio, la materia y el tiempo se funden en una única dimensión.