Untitled film stills
Domingo, junio 28th, 2009La Carta

Viendo las UNTITLED FILM STILLS de José Ramón Amondarain, pienso en el término gestor de imágenes que él utiliza, ya no creador sino alguien que trabaja sobre un cliché, aunque éste sea “obra”, es decir que cuenta con autor detrás, autoría o incluso lo aurático que no es nada desdeñable. José Ramón se incrusta ahí y con una técnica “manufacturada”, más subjetiva que otras por lo que lo manual parece que conlleva, completa lo incompleto de las imágenes originales de Cindy Sherman. Para ello utiliza unas pinturas intratables como son los gouaches secas, menos dotadas para representar que otros medios y en papel, escalón anterior en el ranking de los materiales de la pintura. El resultado, visto en la distancia que produce el ordenador, es un poco antipático, resultado de la elección del procedimiento y el soporte. La penúltima pirueta es el paso mediante digitalización al soporte “fotográfico”, similar al original, de las imágenes que él ha completado. Eso sí, manteniendo el plus en cuanto a mayor representación que aportaba el color frente al b/n, incluyendo también lo ideado, imaginado por José Ramón (¿deseado también?), pero no demasiado literal.
En la transposición, otra vez, el medio fotográfico se ve enrarecido por la intervención de una indefinición que inmediatamente remite por paternidad a otro conocido pintor, al que, metonímicamente el proceso del flou o de la “blurred image”, enseguida señala.
Indefinición en Pintura que identifica un tipo de trabajo en pintura de origen referencial fotográfico y que en el agitar de la mano sobre la materia pintura fresca, provoca el flou o bien produce un efecto en superficie, inmediatamente identificable con un recurso procesual, devenido en estilo. Hablamos de Richter.
Pues al final la foto de José Ramón se refiere al cuadro y el cuadro se refiere a una instantánea que él recrea.
Txus Meléndez.2009. Carta acerca de UNTITLED FILMS STILLS de José Ramón Amondarain actualmente en Imatra.

Para definir Habitanza (pero mejor que definir, para creer en ello; para tomar la Habitanza por una palabra propia, un término de los que usamos al hablar de nosotros mismos) quizá nos baste y nos sobre con señalar que casi todas las palabras terminadas en “anza” resultan cómodas, ofrecen bastante confort y relajamiento, como si fuera que uno pudiera echarse en esa pANZA tierna y cálida como de vocablo embarazado, a descansar, a echar la siesta, a dormir la borrachera, a esperar mejores tiempos. Sobre todo por la ConfiANZA que despierta. Habitanza, desusado. Acción y efecto de habitar. De manera que todo (lo dicho por ella) queda en ella, está en su interior y es su construcción, como conviene al hecho de habitar. Y también por lo de ser un término desusado, infrecuente, que no abunda en la conversación de cualquiera, en la cháchara cotidiana y, por tanto apenas si nos llega gastado por el roce, por el maluso, por lo inapropiado, digámoslo, que resulta hoy día el habitar en alquiler o bajo la amenaza constante de la hipoteca, pareciendo que se habita sí, pero en casa de otro y para ese otro, que obtiene nuestros beneficios. Algo así como si la acción de habitar fuera nuestra pero los efectos de nuestra acción se los cobrase alguien distinto a nosotros.
Entre la colonización del espacio que concluye en la perfección y lujuria del objeto de diseño, y la resonancia indómita de una experiencia ajena a la cultura en el seno del arte, se encuentra un campo indeterminado donde las diferencias y las identidades son indiscernibles. Es en ese espacio donde cada cultura remite a una domesticidad, a un impulso de apropiación que es simultáneamente causa y efecto de nuestro sentido de realidad, de nuestros significados sociales, de nuestros hábitos, de nuestros objetos, y de nuestras mediaciones.