Marginales

jueves, mayo 7th, 2015

(…) Me enseñó algunos libros: Habitaciones abandonadas, 1966; Otros días, 1968;En la comarca interior, 1970; y también sacó de la trastienda Los ojos de un criado.

Los libros que me enseñó eran bonitos; los títulos claros como las primeras frases. Encargué El cochero y el pintor de heráldica y al cabo de dos días fui a recogerlo. Empecé a leer….

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“Desde el paseo, donde él vivía en una casa trasera, el cochero August Kandel se dirigía, el diecisiete de junio al anochecer, hacia las siete y media, al Palacio Nuevo. Escuchaba el sonido de las herraduras e intentaba adivinar quien podría ser el viajero que se hallaba a sus espaldas, con las piernas cruzadas y ligeramente inclinado hacia atrás, fumando un cigarro, que llevaba como único equipaje un maletín recamado con perlas de cristal pasado de moda desde hacía mucho tiempo y que hablaba quedamente consigo mismo….”

A medida que iba leyendo,adquiría un sentimiento infantil: como si todos los amigos desaparecidos se hallasen de nuevo en casa. Cuando el silencio nocturno tergiversaba otra vez los significados, leía simplemente con mayor precisión, palabra por palabra y las trascendencias desaparecían; el libro no me apartaba de ellas, sino que me daba fuerzas para superarlas; casi nunca me había sentido tan protegida.

Cuando amaneció ya había terminado la historia del cochero August Kandel, para quien el misterioso pintor de heráldica, sentado tras él en coche, significaba la otra vida. En la habitación, un sol de mañana invernal, amarillo intenso; el alivio; no olvidar nada, pensé. “Verderones abandonaban volando las ramas, se dilataba el cielo del atardecer y se hubiese sentido feliz si ahora hubiese sentido en él aquella sensación de extrañeza que le había acompañado toda su vida cuando hablaba con alguien”